FOLKLORE:
Tradición y modernidad en los andes
Carlos Sánchez Huaringa
La sociedad andina, con la invasión de la cultura occidental asentada y desarrollada mayormente en la costa; pasó a ser un espacio social, cultural y económico particular (tradicional, para algunos arcaico), de lento desarrollo y de establecidas y perennes formas de vida social, normas y valores supra individuales, a la cual más tarde se le denominaría tradición andina. Desde entonces, este espacio ha pugnado siempre por una igualdad de condiciones con los espacios urbanos, principalmente Lima. Esto, desató en los Andes un particular y constante proceso de cambios, convirtiéndose en un espacio muy dinámico . Pero este desarrollo rural con miras a lo urbano, ha apresurado sus cambios en el presente siglo (convirtiéronse muchos pueblos tradicionales andinos en ciudades urbanas andinas), y, a finales del presente siglo rompe con el discurso que implica el concepto clásico de tradición sustentada con fuerza algunas décadas atrás, dejándola casi inoperante en el contexto actual, así como también se humanizó la concepción que había adquirido la modernidad, haciéndola incluso necesaria en los Andes.
En este contexto, la tradición como concepto y como formas de vida social en los Andes es, sino crítica, desechable para dar cuenta de la actual realidad andina. No existe continuidad de la tradición por que esta concepción niega el papel fundamental del hombre andino y su poder creativo. Y esto es acaso evolución o creación de nuevas tradiciones? Tampoco es posible de esta manera puesto que la tradición como dijimos se establecen en sociedades de lento desarrollo, (acaso míticos). La tradición como formas de vida, normas, valores y reglas de gran peso histórico que buscan vigencia e institucionalidad, son desechadas principalmente por las nuevas generaciones quienes en los nuevos procesos de socialización han escapado a la sociedad o cultura establecida y mas bien le dan más crédito a su mundo individualidad y subjetivo. Así, la tradición se convierte muchas veces, en un sentimiento, una añoranza. Las formas de vida, valores y normas de la cultura andina son reordenadas, ajustadas al contexto actual y no por ello menos válidas, pero esta transformación medular implicaría salir de la esfera de la tradición, pues a esta pertenecen formas establecidas, incuestionables y de larga duración.
Pero la tradición existe en los Andes, tiene actualmente un papel fundamental para la creación de muy peculiares formas de vida social e incluso para una modernidad andina, es de poca rigidez en los Andes pero es importante para su desarrollo, pero, cuando se le acuña valoraciones apasionadas, de sentimiento o añoranza, o cuando la tradición aparece como un esquema de vida social ya establecida e invariable; que impide o niega nuevas construcciones sociales, es cuando adquiere presencia negativa. Estas aspiraciones todavía existen en los Andes e incluso en esferas intelectuales quienes asumen dogmáticamente la defensa de la milenaria cultura andina. Al respecto, Enrique Urbano en Tradición y Modernidad en Los Andes refiere que en la medida que la tradición “se presenta como evocación del pasado real o inventado y que impone prácticas, reglas fijas e institucionalizadas y que pretenden regir la vida social presente resulta siendo nociva” . Sin embargo el “así es porque siempre fue así” que representa una incuestionabilidad a la tradición va de a poco dejando de ser rígido en los Andes. Pero, en qué medida las reglas y prácticas que van siendo atravesadas por nuevas concepciones -como actualmente sucede- por los propios pobladores sigue siendo tradición? Quizá entonces no es que la tradición en Los Andes deje de existir, sino simplemente no es aplicable a la nueva realidad socio cultural que va presentando con más fuerza los Andes.
El folklore, (principalmente música y danza) es la principal expresión cultural del hombre andino y sustenta su permanencia en el papel cumbre que cumple la tradición en los Andes. La música y danza en los Andes varían, ahora más rápidamente en su contenido y formas, esto principalmente por la diversa participación y concepción del individuo, por la decisión libre que le accede el escapar de reglas absolutas que fijaba la tradición. Pero los folkloristas muchas veces recurren a la tradición cuando quieren opacar esos cambios (que casi siempre son para ellos tergiversaciones), cuando buscan recuperar partes perdidas, y recurren justamente a la tradición porque esta le da categoría de permanente casi incuestionable. Pero el folklore, aún así adquiere variaciones muchas veces profundas, es decir se desarrolla para su posible existencia y aceptación generacional en el contexto actual. Pero, este proceso sugiere la pregunta inmediata ¿hasta que punto estas variaciones en una danza o una fiesta patronal por ejemplo permiten seguir llamando folklore? ¿Son controlables los hechos folklóricos? ¿En qué momento un migrante andino deja de hacer folklore? El folklore como término también parecería quedar limitado cuando encierra solo lo ya establecido y no puede abarcar las nuevas acciones y perspectivas artísticas del poblador. Es necesario entonces -por lo menos primariamente-, acostumbrarnos a que el folklore cambie -se “deforme” en versiones congeladas- y también a la desaparición de muchas expresiones de esta . Lo cual implica un análisis de fenómeno con nuevas herramientas metodológicas y quizá el ajuste de viejos conceptos (como aculturación, alienación y otras) y adquisición de nuevos conceptos.
Siendo el papel de la tradición hacer llegar al presente prácticas sociales pasadas, reglas, entre ellas el folklore, que las sociedades andinas -a quienes de a poco ya no se les ajusta el término tradicionales-, las mantienen, desechan o cambian, pues a pesar que el hombre andino siempre ha apelado a la tradición para hacer valedera y vigentes situaciones pasadas, convirtiendo o pretendiendo hacer de ella una guía de vida, procesos como la interculturalidad, la globalización cultural (aunque sea despótica) ha llegado a los andes y en la actualidad podemos dar cuenta que la tradición -a pesar que tiene un peso significativo-, va perdiendo presencia en su papel real y su papel como discurso y proyecto.
Thomas Turino en su estudio sobre los migrantes conimeños (Puno) y su folklore, critica las visiones estáticas de la tradición, “el , es la creencia que los gupos sociales andinos tienen y mantienen sus tradiciones, identidad y cosmología, como si tales cosas fueran legados naturales y estables, en vez de construcciones sociales” . Percibir a la tradición como un legado invariable -según Thomas Turino- son visiones esencialistas de la cultura, “los cuales ignoran la subjetividad de los individuos y las relaciones históricamente específicas de las condiciones externas, el lugar preciso donde la "cultura" se crea, recrea y transforma dialécticamente”. Finalmente, Urbano nos dice que bien es cierto que -todavía- la tradición tiene peso en los Andes, pero la modernidad en su sentido estricto y filosófico ya no les es extraño, y que estos difícilmente la abandonarán.
La actitud moderna del hombre andino implica cambios en sus formas de vida, (en sus tradiciones, si se quiere) diríamos que se nutre peculiarmente de la tradición y la modernidad, estas, en los andes no son opuestas, sino se interrelacionan funcionalmente, los pueblos andinos se alimentan de uno y otro antes que hacer una confrontación opositora irreconciliable y destructora entre ellos . Lo cual sustenta que es posible lograr una modernidad andina propia. La modernidad, concepto muchas veces mal concebida, temerario, defendido y vilipendiado, llega a los Andes donde peculiarmente se recrea. La modernidad tampoco debe ser entendido como una regla o esquema invariable, sino mas bien como una forma de acción, de pensamiento. La modernidad en los Andes -como plantea Urbano- se encuentra en la esfera mental, subjetiva y racional del hombre andino. No se trata de tener más tecnología o menos, es la actitud del poblador, las formas de ver su realidad y proyecciones, es su accionar y desempeño, es un problema de acción individual y colectiva, es incluso búsqueda y formas de aplicación de la modernización. “Los serranos, ahora, ya no pueden ser engañados fácilmente” “ahora los serranos pueden desenvolverse mejor en Lima”, son frases comunes y plasman que la actitud del hombre andino y sus roles de vida socio cultural se han enriquecido y expandido hacia la conquista de espacios más grandes, principalmente urbanos y también mundiales, construyendo constantemente formas sociales y culturales que le permiten lograr sus objetivos.
Antonio Cornejo Polar en Literatura e Identidad Nacional (1995), afirma que el problema fundamental de la modernidad no se encuentra en los avances tecnológicos ni económicos, sino es un problema netamente de racionalidad, se halla en el ámbito de la conciencia, es subjetivo y mental. La modernidad debe ser entendida básicamente como una forma de concebir la realidad y de actuar en ella. Mientras, Enrique Urbano nos dice: “...la modernidad según la tradición critica nacida de las luces no exige un espacio histórico particular, sino una actitud mental. No es el hecho de nacer en los Andes, hablar quechua o aymara lo que cerraría las puertas al lenguaje crítico. La modernidad cabe perfectamente en las estructuras quechuas o aymaras. Siendo una actitud mental todas las expresiones lingüísticas andinas están capacitadas para expresarla. La modernidad no es un problema de tractores, de llantas o de petróleo; es un problema de discurso racional. Con tractor o sin el, con chaquitaklla o con escoba, con ojotas o descalzos pueden los hombres de los Andes ser modernos o antimodernos, en el sentido estricto de estas palabras. El acceso a la modernidad pasa por la negación del recurso a la trascendencia cuando se trata de explicar la razón última de la existencia humana, de implementar solidaridades, de crear vínculos entre los hombres, grupos y las sociedades en un contexto abiertamente democrático.”
Es decir la modernidad en este caso no debe ser comprendida como un problema económico (modernización si se quiere) sino, conocimientos, actitudes, por ejemplo, es desvanecer el menosprecio que implicaba la condición rural, arte, dialecto, etnia, es safarse del sentimiento de inferioridad de ser andino frente al citadino -discursos criollos que van desvaneciéndose por acción, creo yo, de la modernidad-, asimilar el racismo irracional -menos mal de pequeños grupos- que aun subsistente en algunas urbes, buscar educación, información, bienestar material y espiritual diverso. El tránsito del mito del Inkarri (con el que vivían soñando los indios de Arguedas) al mito del progreso (búsqueda concreta y actual del hombre andino) es indicador de la realidad andina, implica al hombre andino lanzándose a la búsqueda de una sociedad más grande, abierta.
Las poblaciones andinas en la actualidad han empezado a mostrar esta actitud moderna -nueva racionalidad campesina- en sus valores, normas, en sus discursos y aspiraciones (la búsqueda de la ciudadanía e igualdad de derechos, son pequeños ejemplos), el asumir y protagonizar diversamente su folklore (el hombre andino rompe o desarrolla, es decir altera, “mejora” o “distorsiona”) significa estrictamente ruptura con la tradición. El parámetro de la cultura occidental es la desaparición de la sociedad tradicional y el desarrollo de sociedades industriales. Para el caso andino -pese a que existen formas de desarrollo idénticas, pues en los Andes la búsqueda de la urbanización de los espacios campesinos es constante, es decir existe, el proceso de evolución: sociedad rural a sociedad urbana- no es aplicable la idea de una transformación absoluta, con la inexistencia de la tradición, esta existirá de seguro diversamente, pero no serán más reglas, valores y normas de larga estables y duraderas. “La tradición sigue teniendo un gran peso en los Andes, no es estricta, pura, pero tampoco es enajenada ni nueva, pero la Modernidad en el sentido estrictamente filosófica de actitud, de pensamiento, ya viene copando grandes espacios en los Andes”. (Urbano 1997)
En este tránsito, el discurso -principalmente neoindigenista- de preservación y conservación del folklore y tradiciones sin alienarlas o aculturarlas van siendo desmerecidas por los mismos actores, quienes adquieren nuevos bríos con adaptaciones de elementos culturales (urbanos e incluso externos) que en conjugación con sus tradiciones le permitirán a la larga seguir siendo funcionables. A esto le llamamos pensamiento crítico, actitud moderna, y ser modernos significa no pretender que estas sociedades andinas se encierren en tradiciones no funcionables.